Los ruegos que se cumplen nos obligan a asumir la responsabilidad de nuestros actos, lo cual resulta incómodo. Con frecuencia, la razón de que nos sintamos incómodos es que no hemos pedido lo que nos conviene y en el fondo lo sabemos.
Rezamos rogando conocer a nuestro compañero del alma, en vez de pedir gracia para convertirnos en el hombre/mujer hacia el que se sentirá atraído/a nuestro compañero del alma.
Imploramos tener éxito, cuando en realidad lo que deseamos sentir es que hemos logrado algo auténtico.
Pedimos dinero, cuando lo que necesitamos es modificar nuestra relación con el dinero.
Suplicamos que una situación se resuelva de determinada forma, cuando lo que deberíamos pedir es tranquilidad de ánimo, al margen de cómo se resuelva la situación.
En realidad, nuestros ruegos siempre obtienen respuesta, pero no nos gusta que la respuesta sea no.
A menudo, cuando recibimos un no, es para concedernos mas tiempo, espacio, sabiduría y experiencia para prepararnos para el glorioso momento en que el Espíritu nos responda con un repentino y rotundo si.

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