Cajón de sastre

Puede que la vida siga unos ciclos ordenados y bien diferenciados.

La primera infancia suele ser el puro movimiento, correr, saltar, hablar a voces, llorar con pataletas como si la energía fuera excesiva. Con los años esta energía se va canalizando en el deporte, danza u otra actividad que requiera un movimiento corporal considerable.

Luego se llega a un equilibrio, la familia y la profesión ayudan a controlar esta energía porque aparecen las raíces que anclan a un lugar, las amistades se consolidan y el movimiento exterior se ralentiza a la vez que crece la profundización y puede aparecer un cambio de valores. Y sucede que ya con años en la espalda, observamos a los niños correr y saltar y nos da por pensar que la energía que tienen es la misma que se tiene en la vejez, pero no para el exterior sino para nuestro interior.

Los niños sacan a pasear el alma que no les cabe en el cuerpo y cuando viejos, el alma nos saca a pasear el cuerpo.

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