El taller de la sombra 11

La vida podría compararse a una escuela, con la ventaja de que una vez aprendida la lección, ya no se vuelve a presentar. Cuando alguien manifiesta que siempre tropieza en la misma piedra, quiere decir que no aprende.

El planeta es un aula y uno se encuentra en ella y todo lo que sucede en el aula, le sucede también a uno y viceversa. Cuanta mayor iluminación exista, tanto mayor será el equilibrio del planeta. El aula se va llenando de estudiantes y va cambiando a medida que crece el aprendizaje. Se descartan viejas lecciones y se presentan otras nuevas y más avanzadas.

Unos estudiantes se relacionan más que otros, algunos se distinguen más, pero todos están aprendiendo y lo que se percibe como crecimiento personal contribuye a que cambie el grupo en su totalidad. Sería interesante que llegase un momento en que no hiciera falta un aula de aprendizaje y entonces el universo encendería las luces y los estudiantes regresarían a casa.

El aprendizaje es una integración cada vez más profunda, a todos los niveles del ser, de la realidad de nuestra propia divinidad. Nunca se vuelve atrás en la evolución, igual que una fruta madura nunca se vuelve verde. El trabajo hay que hacerlo aquí y ahora, donde nos encontramos y exactamente en las condiciones en las que estamos. No por haber terminado el curso básico hemos de cesar en la búsqueda y la investigación. Con el conjunto de conocimientos y de experiencias que hemos acumulado, estaremos preparados para aportar un servicio cada vez más grande al mundo que nos rodea.

Todo lo que se nos presenta en la vida, lo atraemos por darse las condiciones apropiadas para evolucionar. Nada está decidido de antemano, todo se decide en función del proceso de aprendizaje. El ser humano tiene en todas las ocasiones la posibilidad de elegir su respuesta para cada una de las circunstancias y por tanto de modificar su futuro.

El propósito es educativo y evolutivo, no como castigo o recompensa. No crecemos porque suframos : depende de lo que hayamos elegido hacer con el sufrimiento. Lo que determina el valor de una acción así como sus consecuencias cósmicas no es la apariencia exterior de esta acción, tan » buena o mala» como pueda parecer a la percepción limitada del ser humano medio, sino la intención real que provoca esa acción

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