Hemos salido al jardín en una noche estrellada y vamos a imaginar nuestra psique como un objeto en tres dimensiones.
La consciencia del yo es la Tierra, al menos durante las horas en que estamos despiertos.
El espacio que rodea la Tierra que está lleno de satélites y meteoritos representa el inconsciente y los primeros objetos con que nos encontraremos al aventurarnos por el espacio serán los complejos.
Carl Gustav Jung describe a los complejos como a los autores de nuestros sueños.
Una constelación podría ser un momento cargado psicológicamente, un momento en que la consciencia está siendo perturbada por un complejo o está a punto de serlo.
La libido es la fuerza que afecta a los diversos objetos que se encuentran en este universo.
Nuestro sistema solar es una parte de nuestra galaxia y nuestra galaxia es una parte de todas las galaxias. De la misma forma que el meñique es una parte de la mano y es parte de un cuerpo como un todo, pero el meñique no puede actuar por sí solo sino en conjunción con la mano y esta con el brazo.
Nos sale al encuentro el perro que reconocía la voz de su amo, recordais?
Si observamos a esa mascota, veremos que duerme mucho, come la comida de sus amos y cuando está en celo se entrega a la actividad sexual. La podríamos comparar a un ser humano en estado de pureza natural que vive exclusivamente por su instinto fisiológico y su deseo. Pero los seres humanos crearon la cultura y se especializaron en el trabajo y esto presupone la capacidad de canalizar energía desde unos gradientes o cauces naturales hacia otros cauces aparentemente artificiales, en lugar del pecho, una cena suculenta.
La libido originalmente busca la teta y más adelante pasa a los canales de la sexualidad: la procreación es necesaria.
Pero cuando la libido encuentra una analogía espiritual, una idea o una imagen, se dirige hacia allá porque esa es su meta y no porque sea un sustituto para la satisfacción sexual.

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