EL ERMITAÑO, sorprendido por el nuevo cambio, a duras penas reacciona cuando una joven sonriente y algo ligera de ropa le obliga a iniciar una pieza de baile. Le explica que su nombre es ESTRELLA y que, aunque aparente frivolidad por su escasa indumentaria, es muy profunda y sabia, conoce los misterios del universo, confía y espera que las cosas sucedan como debe ser. El Ermitaño la escucha encantado, pero seguirá dudando y buscando aquello que dé sentido a su vida.
LA JUSTICIA ha aprovechado el cambio para dejar los brazos del Mago, algo joven e inexperto y sentirse segura en otros brazos que intuye más estables, los del EMPERADOR. Los dos se sienten cómodos y bailan perfectamente acompasados siguiendo el ritmo de la música sin perderse en misterios, fantasías e imaginaciones que no conducen a nada práctico. Hablan poco, pero con la mirada se entienden de maravilla.
Al marchar la Justicia, el MAGO ha preferido una pareja completamente distinta en todos los aspectos y se ha encontrado con la chica LUNA, nada envarada, dispuesta a escucharle y a asentir a todas las magníficas proposiciones de actividades que de momento son sólo ideas, pero que él está convencido de poder llevar a cabo. Ella ya sabe, con más seguridad que él, que si las ideas no se materializan, son nubes pasajeras; pero también conoce la felicidad que se siente al soñar, al imaginar y al fantasear. Por eso, le deja hablar y le acompaña en el sueño, al menos mientras dure esta pieza musical.
De nuevo, la voz que sale de un lugar desconocido invita a los bailarines a cambiar de pareja. Lo han hecho ya tres veces y aún les quedan otras tres para que todos hayan bailado con todas sin repetir. Esto no complace a algunos de ellos porque ya están bien con las parejas que la suerte les ha proporcionado, pero han de seguir ya que en este salón de baile de momento las cosas son así.

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